Tener que acostumbrarse a vivir en soledad

Eduardo Colombres tiene 55 años. Hace 8 años que vive en Buenos Aires, es divorciado y vive solo. Vive afligido por una inmensa soledad.

Eduardo Colombres, es uno de los tantos hombres que tras un doloroso divorcio han tenido que aprender a vivir solos. Tiene 55 años pero las arrugas que dibujan su piel lo hacen parecer mayor. Detrás de sus inmensos anteojos se ven dos pequeños ojos verdes que aunque se esfuerzan no pueden disimular su tristeza. Nació en Comodoro Rivadavia, se casó a la temprana edad de  22 años con Marta una chica del barrio y tres años más tarde tuvo a su hijo, Pablo. Realizó todo tipo de trabajos: remisero, albañil, portero, electricista y kiosquero.

Cuando cumplió 40 años, comenzó a vivir una crisis de pareja. “Ya nada era lo mismo, era como si para ninguno de los dos el otro existiera, había días en que ni nos hablábamos, comíamos separados, mirábamos tele en habitaciones diferentes y en muchas ocasiones dormíamos solos, ella en la cama y yo en el sillón”.

El proceso de divorcio fue difícil para Eduardo, pero quien más sufrió fue su hijo, Pablo. “Para un chico es doloroso ver que sus padres no se hablan, no se miran. En casa no había discusiones pero creo que eso era peor, por lo menos nos hubiera visto interactuar, ni eso”.

En conjunto con su esposa, tomó la decisión de separarse. Eduardo se fue a vivir solo, alquiló un departamento en el centro de Comodoro y poco a poco intentó reconstruir su vida. El divorcio lo ayudó a mejorar la relación con su hijo, ahora para poder verlo él tenía que proponérselo, tenía que tomar la decisión, “llamarlo, invitarlo a casa, cocinarle lo que a el le gusta, llevarlo a comer afuera”.

Con la crisis del 2001 se vio obligado a abandonar Comodoro y emigrar hacía Buenos Aires. Tuvo suerte, su hijo que ya tenía 22 años quiso acompañarlo y juntos probar suerte en la ciudad. Eduardo consiguió trabajo rápido, comenzó a trabajar en un puesto de diarios por Microcentro y desde hace 2 años trabaja en un puesto que queda en la esquina de Uriburu y Santa Fe.

“El trabajo de diariero es muy sacrificado, me levanto a las 4 de la mañana para poder estar a las 5 cuando llegan los diarios, recién llego a casa a las 6 de la tarde, llego muerto, como, miro tele y me duermo. Eso todos los días, solo los martes tengo franco, el día que todos laburan”.

Hoy su hijo ya tiene 30 años y vive junto a su novia en un departamento en Quilmes. Ya no se ven con la frecuencia con la que a Eduardo le gustaría pero él entiende que “los chicos a esa edad tienen sus cosas, sus obligaciones”.

Eduardo confiesa que la soledad es difícil pero que ya casi ni la nota, poco a poco se está acostumbrando a ella. En sus últimas vacaciones decidió irse solo a Santa Fe, “a un pueblito en el medio de la nada”. “Llegué a un momento de mi vida en el que me di cuenta que ya está, estoy solo, y si no me acostumbro, voy a terminar tomando medicamentos y juro que eso no lo quiero”.

Como lo vi

Parece ser un hombre muy sencillo, un hombre al que no le importa tener grandes cosas, un hombre que se conforma con lo básico. Cada vez que tiene la oportunidad de hablar con alguien se entusiasma, no tiene ningún problema en hablar de su vida y cuando le preguntan por su hijo habla con orgullo, como si haya sido su gran logro en la vida. Atiende a todos sus clientes con un profundo respeto y no le importa pasar horas explicando como llegar a una calle o a la parada del subte. Pareciera ser un buen compañero de trabajo, en varias oportunidades lo encontré cubriendo a su compañero, un chico de 22 años que “se queda dormido, y bueno es joven, tiene que disfrutar”.

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